• 07Feb
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    Luis de la Calle

    Desde una perspectiva internacional, el año que termina ha sido especialmente duro para México. No se dieron ni la facilidad con la que, supuestamente, se iba a capotear la crisis ni el desacoplamiento prometido, aunque con frecuencia no se pueden entender por completo las causas reales de este comportamiento económico.

    La severidad con la que la crisis castigó a México obedece a  un conjunto de condiciones: en primer lugar, a su alta exposición como exportador a EU y receptor de inversión extranjera directa y remesas de ese país. En segundo lugar, a que el congelamiento y parálisis financiera del cuarto trimestre de 2008 actuaron como un balde de agua fría al restringir el crédito y provocar la devaluación del peso, fuertemente apoyada por las operaciones irresponsables de bancos y algunas empresas en derivados. En tercero, tanto empresas como hogares reaccionaron en el primer trimestre de 2009 con reducciones quizás desproporcionales en gasto corriente e inversión. Por último, la debilidad fiscal del gobierno y problemas de ejecución no permitieron implementar la  suficiente política contracíclica.

    Aunado a este conjunto de condiciones económicas que resultaron en la caída récord del PIB, México padeció la influenza, capturó el desprestigio por el crimen organizado y la inseguridad, y el partido en el poder perdió posiciones en las elecciones de julio.

    En este contexto negativo, los mercados internacionales tomaron distancia y relegaron al país al desprecio. La comentocracia mexicana contribuyó también en este sentido de manera importante. El aprecio se lo llevaron otros países, en especial Brasil.

    Este aprecio ha resultado en una importante revaluación de sus monedas. Un fenómeno similar ha ocurrido con la cotización de materias primas y de acciones en varios mercados. Como en mayo de 2008 (ver artículo de El Universal del 28 de mayo de 2008), el exceso de disponibilidad de liquidez en dólares, producto de la agresiva política monetaria de la Reserva Federal está creando un overshooting en el mercado, revaluando activos financieros, materias primas que se cotizan abiertamente y divisas.

    México ha sido, en cierta medida, inmune a este fenómeno debido a la mala apreciación de sus condiciones fundamentales, sin embargo esto está comenzando a cambiar y puede hacerlo de manera súbita.

    Hoy, México está subrepresentado en los portafolios de los fondos de inversión; probable que esta situación se corrija con el cambio de expectativas. Tal corrección en los portafolios y en las expectativas sobre el país puede tener importantes consecuencias económicas, algunas positivas, otras negativas. Aunque suene increíble, se corre ahora el riesgo de pasar del desprecio al aprecio. Esto por varias razones:

    La Reserva Federal no tiene otra opción, en el corto plazo, que continuar con su agresiva política monetaria. Al ofrecer dólares a tasa cero, incentiva el carry-trade para endeudarse en dólares e invertir en instrumentos con tasas de interés positivas o expectativas de revaluación.

    Este carry-trade ya ha sido responsable de la revaluación de un buen número de monedas y materias primas. Hasta ahora, el peso mexicano había escapado a este fenómeno, pero las expectativas ya están cambiando.

    Las expectativas sobre México se vuelven ahora más favorables debido a un conjunto de elementos:

    El crecimiento positivo en el tercer trimestre comparado con el segundo y anualizado refleja un importante rebote. El INEGI anuncia el crecimiento del PIB este viernes. En EU lo interpretan de manera trimestral anualizado y lo comparan con el suyo de 3.5%.

    El consumo y la inversión privados reflejan también un dinamismo al compararlos  con sus  fuertes caídas del primer trimestre. (Su comportamiento para el tercer trimestre será anunciado por el INEGI el 22 de diciembre.)

    El alto precio del petróleo y la aprobación del presupuesto pospondrán varios meses la discusión sobre las dificultades fiscales.

    Los recientes flujos de inversión, el incremento de la participación de las exportaciones en el mercado de EU y los casos de éxito relacionados con proyectos de inversión en automóviles, autopartes y electrónicos mostrarán el incremento de la competitividad del país.

    Pasar del desprecio al aprecio es, sin duda, apreciable, pero puede tener consecuencias negativas. Por lo menos dos: la primera, que  no se consideren urgentes las reformas estructurales que permitan crecer de manera sostenible y sustentable. Para el país es imperativo emprender la auténtica reforma fiscal y presupuestaria tantas veces pospuesta.

    El cambio de expectativas puede resultar en el desaprovechamiento de la crisis más importante de los últimos años para avanzar en los problemas torales. La segunda, fluctuaciones en el tipo de cambio producto del carry-trade que sean fuente de inestabilidad y disminuyan la competitividad. Independientemente del aprecio o desprecio internacionales, o de las evaluaciones de las calificadoras, México debe optar, más que nunca, por políticas robustas de largo plazo y reformas estructurales verdaderas.

    Al Banco de México toca la difícil tarea de encontrar el equilibrio necesario para cumplir con sus objetivos de estabilidad de precios y reaccionar ante los cambios de expectativas sobre el país en Wall Street, ante el peligro inherente al carry-trade y ante la entrada y salida furtiva de capitales.

    El resto debe suponer que las dificultades económicas continuarán varios años. Que la economía de EU tendrá un comportamiento letárgico aún en el mediano plazo, aunque con algunos buenos trimestres de cuando en cuando. Que la clave reside en volverse mucho más competitivos y en mejorar el perfil de riesgo. Ser preferido de Wall Street no es sinónimo de esto.

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